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Foto: Santiago Márquez 

¿Qué es realmente la navidad?

Algunas personas no diferencian el término navidad con diciembre, y para poder hablar de los sentimientos que se evocan en estas épocas del año, es importante tener claro el significado de ambos.
Diciembre es un mes que enmarca la finalización de un calendario; se hace importante porque es la terminación de 365 días de trabajo, de estudio, o de metas trazadas durante un periodo de tiempo; pero lo que hace aún más especial a este mes es que en él se celebra una de las conmemoraciones más bellas y tiernas que evocan la niñez de cualquier persona: la navidad.

La navidad es aquella época en donde la Cristiandad evoca la llegada de Cristo redentor, nacido en un pesebre en un portal de Belén.
Una historia realmente bella que mueve los sentimientos y anhelos de todo infante, puesto que año tras año, luego del nacimiento del niño Jesús, éste viene cargado de regalos a todos los niños que de manera correcta se comportaron en el año, tanto en el ámbito escolar como familiar.

Foto: Santiago Márquez 

Todos los 24 de diciembre ha sido usual que algún niño, con el propósito de conocer a Jesús recién nacido, se quede haciendo guardia para ver cuando el niñito entra a su cuarto a dejar el detalle, debajo de su almohada, al lado, debajo de la cama o en el árbol de navidad.
Algo sorprendente, e inexplicable es cómo siempre el niño Dios se las ingenia para no ser sorprendido por ningún niño del mundo. Un verdadero significado de fe, quizá el secreto más hermoso del mundo, el cual jamás se debería de revelar.

¿Recuerdas el olor de muñeca nueva, el carro a control, los patines o la bicicleta?
Ese es el olor más perfecto y agradable, porque es el olor a niño Dios, al traído, al estrén.

Durante mucho tiempo, fuimos a las clases de catequesis a prepararnos para uno de los días más especiales de nuestra vida, recibir a Jesús de manera sacramental por primera vez.

Era un día bastante especial, porque aparte de recibir el sacramento, se recibirían también muchos regalos; porque así piensan los niños y es una verdadera alegría saber que hay un día dedicado a ellos para celebrar, comer, jugar y además recibir cientos de detalles.
Existían algunas épocas del año para recibir este sacramento, pero nada tan especial como el 8 de diciembre, donde al salir al barrio era común encontrar diversidad de niñas, con sus largos vestidos blancos, algunos muy pomposos, con sus guantes, velos, coronas, o quizá solo con algún hermoso arreglo en su cabeza, ellas sonrientes  porque se sienten princesas, y realmente lo son.
Mientras que los niños vestían  sus trajecitos negro, gris, corbatas y corbatines, sus zapatos bien brillantes, algo incómodo, por cierto, porque quizá eran las primeras zapatillas que usaría en su vida.

Foto: Santiago Márquez 

El día anterior a las usuales primeras comuniones del 8 de diciembre, no podía faltar la noche de las velitas.
Algunos más sofisticados compraban o hacían sus propios farolitos para alumbrar aquella noche que daba inicio a las fiestas decembrinas; otros por su lado, utilizaban algunas tablas de las camas con el fin de poner allí las velas y no derramar la terrible parafina en la acera de la casa, por su  dificultad para luego desprenderla, lo cual marcaba por años el sitio de este hermoso alumbrado.

Mientras algunos adultos bailaban las típicas canciones de los Hispanos, Pastor López o quizá Guillermo Buitrago, otros tantos, en medio de la noche más iluminada comenzaban a elevar los típicos globos hechos con anterioridad para vender o disfrutar en este día.
Mientras tanto, los niños jugaban con la parafina de las velas ya derretidas haciendo figuras, algunos de pronto con las luces de bengala, y los más osados no podían dejar por alto la famosa y tradicional “candelada del diablo”.

Después de esta apertura decembrina, no podía pasar de largo ir a visitar los hermosos alumbrados del centro de Medellín, aquellos que encendían el mismo 7 de diciembre con uno de los desfiles más emblemáticos de la ciudad: Mitos y leyendas, donde la tradición y cultura de la región florecen en esta noche al compás de comparsas, llenas de personajes típicos.

Foto: Pixabay 

El árbol de navidad también significaba esa llegada decembrina, no importaba si era verde, plata, o un chamizo con algodón, lo importante era armarlo en familia y decorarlo propiamente para la ocasión.
Juegos, calle, amigos; no existían celulares, ni juegos individuales, siempre cada juego, exigía mínimo de un compañero. Los balones, las muñecas, los carros, los patines y las bicicletas eran los artículos más preciados de esta época, sin embargo, la imaginación y la agilidad jugaba un papel fundamental en estos espacios.

La natilla de maíz y los buñuelos eran los platos típicos de diciembre; siempre se convertían en un gran compartir con vecinos y amigos, pues cada familia recibía estas deliciosas preparaciones de sus más allegados.
El 16 de diciembre era un día especial, no solamente por ser día de aguinaldos (día en que se tiene como tradición, obsequiar un detalle a vecinos, amigos o familia), sino por ser el comienzo de las novenas del niño Dios.

Las panderetas y maracas más usuales eran aquellas que se hacían en el mismo barrio por los mejores artesanos del mundo: los niños.
Eran elaboradas con tapas de gaseosa y latas de cerveza, serían los instrumentos perfectos para alzar la voz de canto del “Dulce Jesús mío, mi niño adorado, ven a nuestras almas, ven no tardes tanto”.

Foto: Santiago Márquez 

No era una, ni dos ni tres, perfectamente podríamos ir a todas las novenas a recitar aquellas oraciones y  aspiraciones para la llegada del niño Dios. Y un n turrón de leche, un confite de menta, una morita de dulce o un paquete de frunas, podrías recibir al final de cada una.
En los pesebres cabían todo tipo de objetos: casas miniatura a comparación de los santos, ovejas de colores, soldaditos de guerra, gallinas y caballos, cerditos y demás animales de la granja; también los cisnes blancos que nadaban en un lago de espejo. No faltaba el papel encerado, el musgo, el papel celofán para la cascada y por supuesto el aserrín para el camino de María y José hacia la choza del niño Dios.

Foto: Santiago Márquez 

La música parrandera, y los villancicos se escuchaban sin cesar; era la alegría en todos lados, era la tradición, era la navidad.
Llegaba el 24 de diciembre, el sol relucía como si supiera que era una fecha especial; la familia llegaba a las casas, las preparaciones culinarias comenzaban a adornar la mesa. Hacer buñuelos y natilla era fundamental.

Mientras los adultos se centraban en la fiesta y el compartir, los niños jugaban y anhelaban con entusiasmo que fuera media noche para poder ver su traído.
Carros de impulso o de control remoto, muñecas juegos de mesa como un “Tío Rico”, parqués, ajedrez o dominó, Lotería, Bingo o quizá un estralandia, balones, ropa, alcancías, bicicletas y patines; una infinidad de lista que gracias a su olor, textura o color aún podemos recordar.

Foto: Santiago Márquez 

El 25 de diciembre era calmado, pero a partir del medio de medio día, la música parrandera volvía a tomar impulso, los sancochos y preparaciones callejeras eran típicas de este día.
La pólvora y  las luces se hacían sentir; los muñecos de año viejo, solían tomar protagonismo después de la noche del 24 para preparar todo lo que se venía venir para el 31.

Llegaba el último día del año, las familias se preparaban para salir o recibir a los invitados, la carne junto con los chorizos y todo lo del asado estaba listo; las cervezas en el refrigerador, y el aguardiente listo para ser servido.
Las uvas y espigas permanecían en la mesa, esperando a ser las protagonistas de la media noche; hasta que por fin suena el “el brindis del Bohemio” un hermoso poema infaltable en esta noche, acompañado de la famosa canción de Néstor Zavarce “Faltan 5 pa´las 12”.
Abrazos, llanto, alegrías y tristezas… así culminan estas fiestas, las que pueden prolongarse sin cesar por horas.

Esta era la tradición de una fiesta, una celebración, una época que siempre quedará marcada en los corazones de todos; esta era la tradición donde las familias, amigos, vecinos y conocidos se unían para celebrar, para compartir, para disfrutar y para recordar que la navidad se vive en compañía.
Una tradición llena de magia, encanto, sueños y anhelos, una tradición que marca los corazones y que revive el niño interior.
Una tradición que, aunque pase el tiempo, no se puede perder.

Luis Fernando Acevedo C.

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